Os ofrecemos la segunda parte del artículo de Carlos Blanco publicado ayer:
La disponibilidad cuasi universal del conocimiento a día de hoy me permitía hablar sin miedo con los demás estudiantes. No haber ido previamente a una universidad Ivy League ya no suponía obstáculo alguno, sino que, más aún, me ayudaba a plantearme las cosas de otra manera, a desear vehementemente aprovechar la experiencia al máximo, exprimiendo todo cuanto se me brindaba hasta
el último jugo, como si cada gota fuese un rocío renovador que me transmitiese insólita felicidad ante la vida. Ya no era el áspero temor, sino la confianza reverdecida, lo que dominaba mi estado anímico. No me importaba no haber sido alumno de fulgurantes y laureadas lumbreras, porque en realidad había sido discípulo suyo: bastaba que hubiese leído sus libros y artículos, donde habían tratado de dar lo mejor de ellos mismos, y es así que el tesoro más preciado, el más seráfico aljófar con el que podía obsequiarme Harvard, no era tanto su firmamento Seguir…








