Students Helping Honduras y la increíble historia de Shin Fujiyama (I)

Pablo González es uno de nuestros nuevos becarios de este año y se encuentra cursando un postgrado en la Universidad Johns Hopkins. Pablo colabora con regularidad en Café Alumni y en este artículo (que ofreceremos en dos partes) nos habla sobre la historia de Shin Fujiyama, un estudiante que decide construir casas para las familias del asentamiento de chabolas “Siete de Abril” en Honduras.

pablo-gonzalez_artEl pasado 18 de enero emprendí rumbo a Honduras como parte de un viaje de voluntariado con otros alumnos de mi universidad. Allí estuvimos trabajando durante una semana con Students Helping Honduras (SHH), una ONG cuya labor principal consiste en construir escuelas en barrios o comunidades deprimidas del país.

La historia de SHH se remonta a 2006, cuando Shin Yujiyama, por aquel entonces un estudiante de Relaciones Internacionales y pre-Medicina de la universidad Mary Washington, de origen japonés pero criado en EE.UU, decide cumplir su promesa de construir casas para las familias del asentamiento de chabolas Siete de Abril en Honduras. El resultado de esta promesa se llama Villa Soleada, y esta es su historia. Podría intentar narrárosla con mis propias palabras, pero en este artículo he querido cederle la palabra al propio Shin. Su narración en primera persona es una de las cosas más bonitas e inspiradoras que he leído hace mucho tiempo y no quiero restarle ni un ápice de intensidad. Espero que mi adaptación al español le haga justicia.

“¿Cómo se explica que un grupo de veinteañeros norteamericanos trabajara mano a mano con las familias de una de las barriadas más pobres de Honduras para levantar un pueblo desde cero?. ¿Un pueblo con 44 casas de ladrillo, con agua potable, electricidad, sistema de alcantarillado, dos campos de fútbol, una escuela bilingüe, un orfanato, una residencia para voluntarios, un generador de biogás, una granja de productos orgánicos y con acceso por carretera?

Bueno, todo empezó cuando Carmen Flores, una niña de 10 años me escribió una carta en 2006. Por aquel entonces yo era un estudiante universitario tímido e inexperimentado.

El año anterior había empezado a visitar, junto con una monja de la iglesia Católica, la barriada de chabolas en la que vivía Carmen. Dicha monja les llevaba comida y medicinas todas las semanas. La barriada conocida como Siete de Abril estaba asentada sobre el lecho de un río, no muy lejos de la ciudad de El Progreso. Allí vivían unas 100 familias en chabolas hechas de cartón, sin acceso a agua potable o suministro eléctrico, y bajo la amenaza constante de inundaciones y de ataques por parte de la pandilla del otro lado del río.

Después de varias visitas a Siete de Abril me hice amigo de Carmen, ya que siempre me seguía por todos lados tratando de venderme naranjas. Siempre le compraba alguna naranja, a pesar de que muchas veces estaban ya secas o demasiado maduras. Recuerdo que siempre llevaba una camiseta azul, con el dibujo del perro Clifford estampada en ella.

Un día Carmen me regaló un dibujo que había hecho en una hoja de papel con su lápiz de colores y me dijo: “Chin y Cosmo (Cosmo es la hermana de Shin), mi familia es muy pobre. ¿Nos construiríais una casa?”. En el papel pude reconocer el dibujo de una casa de ladrillos con dos ventanas, una puerta, y cocoteros a ambos lados de la casa. Por mis visitas a Siete yo ya sabía que al igual que Carmen, a muchos niños les tocaba dormir a veces bajo lonas de plástico con sus hermanos para resguardarse de la lluvia y no quedar totalmente empapados y llenos de lodo.

Así que le dije: “No te preocupes. Mis amigos y yo vamos a ver si podemos conseguir algo de dinero para construir casas para toda la gente”, sin darle demasiada importancia al hecho de que acababa de comprometerme a construir casas para toda su comunidad. En aquel momento no sabía que esa promesa definiría los próximos 10 años de mi vida.

En el vuelo de vuelta a Estados Unidos al día siguiente, empecé a darle vueltas a las implicaciones de mi promesa por primera vez. El taxista que me llevó al aeropuerto me había comentado que hace algunos años había habido un gran proyecto de edificación de viviendas en Honduras que había fracasado, según él, porque ninguna de familias a las que se recolocó llegó a contribuir nunca con su trabajo en la construcción de las casas. Tristemente, la mayoría de ellas terminó malvendiéndose para comprar drogas y alcohol y el barrio en el que edificaron es ahora uno de los más peligrosos de la ciudad. “Este tipo de proyectos es muy difícil de llevar a cabo en Honduras” me dijo el taxista. Genial, pensé.

En aquel momento no tenía ni idea sobre construcción, no sabía cómo moverme en la complejidad de los proyectos de cooperación al desarrollo, cómo organizar a una comunidad de vecinos, y encima no sabía hablar una palabra de español. Peor aún, ninguna de estas familias tenía derechos de propiedad sobre sus terrenos, lo cual complicaba aún más las cosas.

Pero no tenía mucho tiempo para pararme a pensar en este tipo de cosas. Tenía que enfocarme en lo que se me daba bien: poner a mis amigos a vender brownies y a organizar las fiestas benéficas más locas de la universidad, en las que cientos de estudiantes de seguro estarían dispuestos a pagar y harían cola para entrar.

En 2007, durante mi último año en Mary Washington, mi heterogéneo grupo de compañeros de clase, de sitios tan dispares como Laos, Puerto Rico, Corea, Japón, Filipinas, India, Bolivia, Grecia, Armenia y muchos otros países, se unió para trabajar por una misma causa. Estuvimos trabajando como perros organizando ventas de repostería, lavado de coches, rifas y todo tipo de eventos. Al final del semestre, y en gran parte gracias a la donación de 100.000 dólares que recibimos de Doris Buffet (hermana del Warren Buffet), ¡conseguimos recaudar un total de 288.000 dólares!

No teníamos ni cuenta bancaria, ni condición de entidad sin ánimo de lucro, o siquiera una cuenta PayPal en ese momento. Tan solo teníamos un montón de botes llenos de dinero y toda la ilusión del mundo. Mi hermana Cosmo, que en ese momento estaba estudiando en la universidad William & Mary, y estudiantes de otras pocas universidades, se unieron a nosotros ese primer año, lo cual supuso el comienzo de nuestro programa de voluntarios.

Mi hermana y yo nos graduamos a las pocas semanas y decidimos mudarnos temporalmente a Honduras para llevar a cabo el proyecto. Lo que en un principio había sido concebido como una mudanza temporal se terminaría convirtiendo en un cambio de duración indefinida para mí. Doris Buffet nos dio algo de dinero para que pudiéramos alquilar un pequeño apartamento en Honduras y comprar una furgoneta de segunda mano. Durante aquellos días solíamos comer sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada y noodles todas las noches para ahorrar un poco de dinero, pero estábamos tan ilusionados con la oportunidad que se nos estaba brindando que cosas como estas no nos importaban en absoluto. Nos quedábamos noches en vela estudiando técnicas de organización de comunidades, principalmente utilizadas por entidades como Habitat for Humanity y Room to Read. Aprendimos a poner en práctica conceptos como el sweat equity, o capital que se otorga a cambio de trabajo, o el concepto de desarrollo participativo, en el que los beneficiarios toman parte activa en la toma de decisiones respecto a todos los aspectos de un proyecto. Todas estas fueron lecciones difíciles de aprender; durante las construcción de las nuevas viviendas, 28 familias decidieron abandonar el proyecto ante nuestra negativa de entregarles sus casas gratis si no contribuían con su propio esfuerzo y trabajo.

Durante una reunión vecinal especialmente acalorada (a veces dichas reuniones terminaban en peleas a puñetazo limpio o con algunos vecinos sacando pistolas), una mujer dijo algo que supuso un punto de inflexión: “ninguno de nosotros es dueño de su terreno, y no pienso dejar que el verdadero dueño aparezca un buen día de la nada para arrebatarnos nuestras casas después de haber estado construyéndolas durante meses. Además, vivimos en una zona de inundaciones y las pandillas del otro lado del río continúan robándonos. ¡ Vayámonos de aquí! ¡Necesitamos construir nuestras casas en otro sitio!”. Todo el mundo en la aldea comenzó a vitorearla.

Ilusionado con la nueva dirección que el proyecto estaba tomando, les pregunté a los vecinos que dónde estaba la agencia inmobiliaria más cercana. Un hombre de mirada inteligente me respondió: “joven, aquí no hay agencias inmobiliarias. Tendrás que visitar todas las aldeas de la ciudad y encontrar aquellos terrenos en los que haya algún cartel que diga EN VENTA. Entonces tendrás que encontrar el número de teléfono del propietario, llamarlo para concertar una cita y hablar con él en persona. Las mejores oportunidades se suelen encontrar o en las montañas o en la jungla. Necesitarás mucha paciencia y una motocicleta”.

Unas pocas horas después me encontraba visitando los primeros terrenos en la parte trasera de una moto con el hermano de un amigo mío. Después de 30 días consecutivos visitando literalmente casi todas y cada una de las aldeas de la ciudad, y tras sobrevivir a una experiencia cercana a la muerte por la fiebre del dengue, encontramos dos oportunidades muy buenas. Logramos meter a todas las familias en un autobús para visitar los dos terrenos y uno de ellos se eligió casi por total unanimidad.

(El próximo miércoles podréis disfrutar de la segunda parte del artículo de Pablo González)

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