De vuelta a Cambridge

Sergio Nasarre Aznar es licenciado en Derecho por la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Rovira i Virgili en Tarragona en 1996. Obtuvo el título de Doctor europeo en Derecho y Master en Economía Inmobiliaria por la Universidad de Cambridge. Actualmente Sergio Nasarre es Catedrático de Derecho Civil en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, ha publicado numerosos trabajos en nueve países diferentes y colabora con varios grupos de investigación internacionales. En este artículo nos habla sobre la ciudad de Cambridge, su experiencia como profesor y reflexiona sobre la importancia en la carrera profesional de contar con formación y experiencia internacional.

sergio-nasarre_redCada paso en mi carrera académica me recuerda la importancia que tiene haber realizado unos estudios de Post-Grado en el extranjero. En mi caso fue, gracias a la Fundación Caja Madrid, en la Universidad de Cambridge (curso 2002-2003), junto a la que hoy es mi mujer que estaba entonces acabando su tesis doctoral. No sólo tengo un gran recuerdo de aquél curso, sino que colaboro con diversos colegas universitarios de allí y que conocí entonces, conservo amigos en la ciudad y, desde 2011, he vuelto como profesor visitante en su Departamento de Land Economy.

Creo que por todos es conocida la gran dificultad y dureza que representa la carrera académica en España, lo que unido a la insuficiencia de recursos para I+D+I, provoca que en ocasiones nuestros investigadores deban marchar obligados al extranjero para poder seguir con sus carreras, lo que es un lujo que nuestro país, hoy por hoy especialmente, no se puede permitir.

Pero oportunidades como las Becas de la Fundación deben aprovecharse para poder adquirir esa experiencia e, incluso, impacto internaciones que los que pretendemos seguir trabajando en España creo que necesitamos. Y eso que mi disciplina, el Derecho, no es, por así decirlo, de las más “internacionalizables”, comparada con la economía, la ingeniería o la medicina. A pesar de ello, aquel master me supuso no sólo una sólida formación en common law y en economía inmobiliaria, sino que, además, me posibilitó publicar mi primer libro en inglés y en Gran Bretaña, el cual ha tenido cierto impacto internacional, con citas incluso desde Australia, lo que desde luego es más difícil para una publicación en español y en España. Esos conocimientos y los contactos profesionales allí adquiridos me posibilitaron darle un enfoque más internacional a mi investigación que desde mi tesis doctoral se ha venido centrando, entre algunas otras cuestiones, en el mercado hipotecario y, más recientemente, en relación al acceso a la vivienda.

Esta internacionalización me ha llevado publicar más de 50 trabajos en 9 países y a impartir unas 70 conferencias a nivel internacional, una de las últimas en la Universidad de Duke, en Estados Unidos. Y también a participar en excitantes grupos de investigación internacionales, como el de la eurohipoteca, en el que planteamos un modelo de hipoteca común para Europa ya en 2005 y que fue recogido en diversos documentos oficiales de la Comisión Europea; o, más recientemente, en uno del 7º Programa Marco de la UE sobre alquileres en Europa; o en la Runder Tisch de la VdP de Berlín, en la que comparamos 22 sistemas hipotecarios con gran detalle. Actualmente, además, dirijo un grupo de investigación financiado con varios proyectos que está estudiando nuevas fórmulas de acceso a la vivienda, basadas algunas de ellas, precisamente, en el sistema angloamericano de propiedad inmobiliaria. Cuento en todos ellos con profesores de muchas procedencias, desde polacos, alemanes o croatas a ingleses e irlandeses, de los que siempre he aprendido.

En fin, que este febrero daré unas clases en el master que empecé a cursar hace ahora diez años. Mi experiencia como profesor allí el año pasado fue excelente: Cambridge tiene algo especial (así me lo había dicho ya en 2002 el profesor Tirtiroglu). La docencia, tanto para el profesor como para el alumno, es más libre, menos reglada; la Universidad confía en sus criterios para seleccionar a sus estudiantes de entrada y éstos son conscientes de lo que están haciendo allí y actúan en consecuencia, con disciplina.

Ciudad universitaria por excelencia, el académico tiene todas las facilidades que puede desear: la University Library (más fácilmente accesible, a mi criterio, que la Bodleian de Oxford, donde también he estado investigando), las librerías (el año pasado me llevé la desagradable sorpresa que la Borders había desaparecido para convertirse en un outlet de ropa; siempre nos quedará la Heffer’s y la Waterstones), el punting (aún no lo domino), el jardín botánico o el simple callejear por los colleges y el centro que te da esa sensación de eternidad que tienen las ciudades con solera, y más si es académica; todo allí transcurre más despacio, con más paz, que el ajetreado mundo universitario español, por motivos casi siempre burocráticos y demás “historietas varias” que los académicos españoles debemos sufrir cada vez más. De verdad, volviendo allí me da la sensación de que nunca me he marchado. Soy de los que pienso que hay cosas que no deberían cambiar nunca y Cambridge, sea como profesor o como estudiante, es una de ellas.

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