Carlos Blanco es uno de los colaboradores habituales de la sección “En el campus” y a través de sus artículos nos descubre a grandes personalidades académicas o comparte con nosotros sus interesantes reflexiones sobre la vida en Harvard. Carlos es licenciado en Filosofía, Ciencias Químicas y Teología por la Universidad de Navarra y actualmente forma parte como “Visiting Fellow” del Comité de Estudio de la Religión de la Universidad de Harvard. En este artículo, que os ofreceremos divido en dos partes, nos habla sobre la Universidad de Harvard y su estancia en ella durante los dos últimos años.
Los lugares célebres se hallan siempre precedidos por arcanas leyendas que uno ha escuchado en múltiples ocasiones, de tal manera que la fama férvida de un determinado enclave amenaza con aniquilar todo potencial hálito de misterio que pueda quedar reservado para quien lo visita sin haberlo conocido antes. Y, en el caso de Harvard, más que relatos mitológicos, lo que uno recibe, aun a miles de kilómetros de distancia de las verdes praderas de Massachusetts, es una miscelánea de innumerables historias relativas al prestigio adquirido por la universidad más antigua de una de las naciones más recientes del mundo occidental.
Nunca olvidaré la primera vez que mis ojos divisaron la hermosa silueta del campus de Harvard. Era el cálido verano de 2008, más tórrido si cabe que las altas temperaturas que podemos sufrir en España, puesto que en Nueva Inglaterra vienen revestidas con la incómoda sensación de una humedad casi sofocante que nubla todo ímpetu de trabajo. En cualquier caso, la belleza del emplazamiento, con las aguas azuladas y chispeantes del Charles River (el río al que llamaban Carlos, que tanto impactara a Dámaso Alonso durante su estancia en Dunster House, con vistas a esta canora maravilla), los nobles edificios neogeorgianos que sazonan el área de Harvard Square colindante con el cerúleo Charles, la imponente biblioteca Widener, la distinguida Memorial Church, codiciada plataforma para los predicadores más ilustres de los Estados Unidos, el continuo fluir de estudiantes de todas las etnias y de todas las nacionalidades (que le hace a uno percibir la auténtica intensidad que ha adoptado el fenómeno de la globalización, cuyo mejor escaparate son las universidades de elite de Norteamérica), la abundancia insondable de medios materiales, la fastuosa lindeza de los entornos del campus y, en especial, de la casa del poeta Henry Wadsworth Longfellow, en Brattle Street…, todo ello, y mucho más, convierte a Harvard no sólo en la institución de educación superior con la que tantos sueñan, sino también en la innegable realidad de que la humanidad, si se lo propone, es capaz de alcanzar unas cotas de desarrollo intelectual y académico verdaderamente excepcionales, tal que, más allá de las diferencias de países y de culturas, puede, en efecto, configurar un espacio en el que confluya el mayor número posible de sensibilidades y de visiones de nuestro vasto orbe. Eso es, de hecho, Harvard: un fiero crisol de ideas, personas y variedades; una condensación embriagadora de la inagotable riqueza de nuestra estirpe humana.
El predominio de Harvard en el ámbito académico global no ha hecho sino asumir el testigo de lo que fueron las grandes universidades europeas desde la Baja Edad Media, fruto del irresistible desplazamiento de la hegemonía desde nuestro viejo continente hasta la orilla opuesta del Atlántico. Este proceso es análogo a la tendencia pareja que se aprecia a día de hoy, la cual es igualmente ineluctable, conduciendo paulatinamente a que se produzca un flujo de prestigio y de influencia hacia las costas del Pacífico, ya sean las de California (con Stanford como una de las universidades en alza) o las de China, ese gigante ya nunca más dormitado que nos hace temblar a los occidentales, probablemente porque no estemos todavía facultados para desprendernos de la aciaga idea que nos llevan inculcando durante generaciones: que es a nosotros a quienes les corresponde liderar el planeta.
La sonora pléyade de distinguidos profesores y alumnos de Harvard es tan asombrosa, que uno se siente prácticamente desbordado y abatido, en imitación de lo que hubo de sentir Stendhal cuando se desmayó al visitar Florencia, y palpar el peso de la belleza con todo su poder, como una losa de inefable hermosura que cayera sobre sus frágiles espaldas, incapaces de resistir tanta y tan compactada exposición a la ambrosía del ideal estético. Deslumbramiento es precisamente lo que inspira Harvard, en especial entre quienes procedemos de países que aún viven apegados a la rememoración de glorias demasiado pretéritas, y cuyo momento en la cima de los ciclos de ascenso y decadencia que indefectiblemente cursan nuestra álgida historia pasó hace ya bastante tiempo. En Harvard se experimenta la reputación desorbitada, la capacidad de gobernar el mundo y de formar a las elites que habrán de dirigir los destinos de tantos millones de seres humanos, y es por ello que también se percibe la nulidad del individuo, así como la injusticia de que de que tantas personas subsistan privadas de todo contacto con los prodigios educativos que ha cincelado magistralmente la humanidad, al reunir en una institución como Harvard tanto conocimiento y tanta brillantez, no siempre empleados para el bien de nuestra noble, pero asimismo desafortunada, especie. He aquí el insoslayable elemento de que en toda reflexión sobre lo sublime, como lo es Harvard en lo que respecta a la esfera académica, comparezca también el recuerdo del sufrimiento de todos aquéllos que, por circunstancias ajenas a su voluntad, mayoritariamente, no pueden ser partícipes del excepcional don divino que hemos traído a la tierra al edificar un escenario tan magnificente de pensamiento, aprendizaje e intercambio intelectual como el de las grandes universidades contemporáneas, que tanto y tan legítimo pundonor alientan.
Al poco de llegar a Harvard caí preso de una sensación de descomunal y trémula impotencia, de suma pequeñez, de insignificancia colosal. Toda mi educación previa, mis lecturas, los profesores de cuyo magisterio me había beneficiado…, se me antojaban realidades vacuas, inservibles ante el resplandor irreprimible de Harvard. Los estudiantes a los que iba conociendo habían asistido a las clases de algunas de las mayores lumbreras de nuestro tiempo, y habían contado con el acceso sistemático a todos aquellos libros que uno sólo podía consultar en Internet, exclusivamente a través de las escasas páginas que Google, o alguna otra gentil herramienta virtual, se había dignado digitalizar. Esos estudios costosísimos de Leiden-Brill, que nuestras universidades españolas difícilmente podían costearse, se encontraban, sin la mayor dilación, en el solícito catálogo Hollis. Es indescriptible la emoción que a uno le asalta cuando se percata de que todo está a sus manos. Dime cualquier libro, y te lo daré. Pregúntame por cualquier cosa, y te la responderé. Pídeme presentarte a cualquier eminencia de nuestro cosmos, y lo haré. Esto es Harvard: la concitada omnipotencia de los recursos, la absorción intempestiva de todo sueño, porque de súbito se transforma en algo efectivo, y por tanto se pierde esa brisa relente de misterio, de expectación, que al menos se manifestaba cuando uno era consciente de que únicamente en un futuro remoto podría obtener todo aquello que imploraba.
Harvard es la negación misma de la mediación del espacio y del tiempo: la inmediatez pura, el conseguirlo todo casi sin esfuerzo, gracias a la proficua acumulación de millones de libros durante décadas y siglos, y de donaciones exageradas que le confieren mayor potencial económico que muchos países, y del reclutamiento de algunas de las celebridades intelectuales más sobresalientes. Una feria de vanidades, es cierto, pero también una muestra dilucidadora de lo que hemos jalonado como humanidad, de los senderos que han tomado las distintas ramas del saber, de la vanguardia de la ciencia, de la incontenible energía que imprime el dinero, apto para atraer a tantos desde tantos lugares… Vemos aquí la encarnación misma de la ambivalencia: por un lado, alegría, gozo exultante, al sentirnos partícipes de tantas posibilidades, de tantos medios para llevar a cabo un proyecto de investigación o para sumergirnos en cualquier campo de la erudición humana, pero, por otro, amarga desazón, consternación ante la inevitable perspectiva de que la pujanza económica acabe destruyendo otros valores, y la finalidad más genuina de la educación se pervierta irreparablemente. En definitiva, en Harvard presenciamos las contradicciones más agudas que anegan nuestra existencia en este orbe globalizado, tan repleto de oportunidades y, simultáneamente, tan encerrado en sí mismo, tan ajeno a la ilusión romántica de subvertir la injusticia y de inaugurar el añorado reino de la igualdad y del hermanamiento entre los hombres y las mujeres.
Sin embargo, el pálpito inicial de mis más que notables carencias e insuficiencias, causadas, en gran medida, por proceder de un país que no posee ningún centro de educación parangonable a Harvard, se fueron desvaneciendo gradualmente. No hemos de dejar que nos conquiste la infecunda sensación de impotencia y nulidad. Todos somos humanos y, vengamos de donde vengamos, en todos nosotros yacen posibilidades convergentes de mejora, de progreso, de mirar hacia adelante. Ser hijos de países con menos recursos constituye, en cierto sentido, un estímulo aún mayor para ascender las sinuosas laderas del conocimiento. Quienes desde su más tierna infancia han disfrutado de los privilegios de las sociedades opulentas, y se han educado desde el principio en las mejores escuelas y universidades, han de aprender a valorar, por complicado que resulte, la excepcionalidad de los recursos a los que han sido expuestos.
El autodidactismo es hoy, más que nunca, una opción viable y legítima. La percepción de la menudencia de mis estudios previos dejó paso a la conciencia de que, en realidad, yo era lo que había leído y estudiado por mi cuenta, los libros con los que me había familiarizado, las ideas que había albergado y cuanto había escrito, por lo que no debía sentir ninguna punitiva vergüenza, y menos aún nocivo livor, por no haber tenido el mismo acceso que los estudiantes de Harvard a esa jaspeada constelación de portentos intelectuales y de profusos bienes materiales. En mi flaqueza residía mi mayor fuerza, porque todavía moraba en mí la luz prístina de la inocencia, del armonioso candor que dimana de la ingenuidad primaveral ante lo ignoto, del sincero y virginal anhelo de usufructuar lo que ahora me iba a ofrecer el mundo, y aún podía mirar a Harvard con el entusiasmo juvenil de quien acaba de escalar, fatigosamente, una ardua montaña, y ha coronado la primera de las relucientes cimas. Los que, desde su nacimiento, han pisado ya esa formidable cúspide sólo piensan en llegar aún más alto, pero yo quería saborear el momento irrepetible y fugitivo, esa unicidad efímera pero deleitosa que me impulsaba a otearlo todo con unos ojos demasiado límpidos, no contaminados por el escepticisimo o la apatía, sino auténticamente ansiosos de internarse en los laberínticos pasillos de la biblioteca Widener o de Andover, y de pasear junto al Charles durante las horas noctívagas pensando en pintorescas poesías y en filosofías próvidas, y de asistir a las conferencias de las doctas eminencias que continuamente inundaban el campus de Harvard con acicates intelectuales incomparables… Es la pureza diáfana e inveterada de las primeras impresiones, de quien cruza la tajante frontera del Atlántico y se adentra en un mundo nuevo y majestuoso.
(Foto: Río Charles a su paso por Harvard)

