Carlos Blanco es uno de los colaboradores habituales de la sección “En el campus” y a través de sus artículos nos descubre a grandes personalidades académicas o comparte con nosotros sus interesantes reflexiones sobre la vida en Harvard. Carlos es licenciado en Filosofía, Ciencias Químicas y Teología por la Universidad de Navarra y actualmente forma parte como “Visiting Fellow” del Comité de Estudio de la Religión de la Universidad de Harvard.
Las diferencias sociales y culturales entre la mayoría de los países miembros de la Unión Europea y los Estados Unidos de América son bien conocidas, y se hacen especialmente palpables en el terreno de la educación. Ahora bien, ¿son legítimas? Esto es, ¿acaso la aparente superioridad estadounidense en el campo de la excelencia académica desacredita de por sí el modelo educativo europeo? Creo que no, e intentaré explicarlo.
Es cierto que los Estados Unidos cuentan con las mejores universidades del planeta. La clasificación que elabora la Universidad de Shanghai Jiaotong, y que emplea criterios como el número de premios Nobel o de medallas Fields que posea el centro académico en cuestión, así como el índice de impacto de los artículos publicados por sus investigadores, no deja lugar a dudas: Harvard, Berkeley, Stanford y MIT se alzan en los cuatro primeros puestos de la tabla, y con la excepción de Cambridge y de Oxford (puestos quinto y décimo, respectivamente), hay que esperar a la Universidad de Tokio, la vigésima, para encontrar una universidad no americana en la cabeza del listado.
El resultado puede parecer descorazonador no sólo para España, sino para Europa (teniendo en cuenta que nuestra vinculación con el proyecto europeo debe hacernos pensar en términos europeos y no exclusivamente nacionales), aunque el hecho de que L’École Normale Superieure, una de las instituciones académicas más exigentes del mundo en lo que respecta a la admisión, ocupe el puesto septuagésimo primero genera, cuanto menos, suspicacias sobre la metodología utilizada. En cualquier caso, lo que salta a simple vista es que estas clasificaciones no traen buenas noticias para el modelo educativo europeo. ¿O sí? ¿Implican que debemos tender hacia un modelo de tipo estadounidense, primando a toda costa la excelencia e impidiendo que exista una “clase media” de universidades, de acceso universal y de buen nivel académico, aunque no despunten? Pienso que no.
En efecto. El modelo social europeo, basado en las ideas de cohesión social y de igualdad de oportunidades, ha dado logros más que destacados, muy por encima de lo que ha producido el sistema educativo estadounidense. Sólo una minoría consigue entrar en las universidades Ivy League, y los precios de las matrículas, incluso de las universidades menos importantes, son casi prohibitivos. Las diferencias sociales provocadas por haber acudido a una u otra universidad crean un auténtico abismo entre los estadounidenses, sobre todo en lo que concierne a la posibilidad de lograr un buen trabajo y de liderar la sociedad o la economía. Pensemos, por ejemplo, en los miembros del Tribunal Supremo, todos ellos educados en Harvard y en Yale.
Sin ánimo de generalizar, podría decirse que el modelo norteamericano privilegia la excelencia a toda costa, gracias a disponer de unos recursos económicos ingentes, en gran medida porque esos mismos medios no se están destinando a la mejora de la vertebración social y de la reducción de las desigualdades. Si las grandes universidades reciben cuantiosas donaciones, es, de alguna manera, porque el estado no recauda por vía fiscal lo que debería para llevar a cabo programas sociales y de fortalecimiento de los derechos de los ciudadanos.
Evidentemente, la existencia de lugares como Harvard, Berkeley o Stanford es un verdadero tesoro, que todos debemos admirar. Que tanto talento y tanta ansia de conocimiento se concentren en esos campus ha de llenarnos de orgullo como humanidad, pero el problema no es ése: el interrogante es si es compatible la existencia de éstos o de otros centros de excelencia académica con un modelo social que prime la cohesión, la solidaridad y la asunción de responsabilidades compartidas en la consecución de un mundo más justo y humano. Y creo que sí. Creo, de hecho, que la responsabilidad de Europa es mostrar que es posible, mostrar que podemos crear centros de excelencia académica en todos los campos del saber sin renunciar a nuestro modelo social. Evidentemente, para muchos se tratará de un desideratum, de meras veleidades que ignoran que se estaría anhelando lo que es intrínsecamente contradictorio, pero estoy convencido de que no hemos de caer en semejante grado de resignación.
Estados Unidos es un gran país, y lo demuestra en la excelencia de algunos de sus centros de educación superior, pero un país demasiado pequeño para lo que debería ser en realidad, atendiendo a su potencial. Un país verdaderamente grande no renunciaría a la cohesión social en aras de obtener la excelencia para unos pocos. Un país verdaderamente grande no sería tan competitivo y en ocasiones cruel con los que pierden. Un país verdaderamente grande no toleraría tantas injusticias en su seno. Sí, en esto creo que Europa es todavía, por extraño que les parezca a muchos, más grande que los Estados Unidos.

