Una lección de humildad

Carlos Blanco es uno de los colaboradores habituales de la sección “En el campus” y a través de sus artículos nos descubre a grandes personalidades académicas o comparte con nosotros sus interesantes reflexiones sobre la vida en Harvard. Carlos es licenciado en Filosofía, Ciencias Químicas y Teología por la libros-y-birrete2Universidad de Navarra y actualmente forma parte como “Visiting Fellow” del Comité de Estudio de la Religión de la Universidad de Harvard.

Nos ha dejado José Saramago (1922-2010), ese gran espíritu que vino de Portugal y que llegó al mundo entero a través de la belleza de sus palabras y de la sinceridad de su compromiso. Yo quiero insistir en un hecho: Saramago, su vida,
su obra, su trayectoria, constituyen una profunda lección de humildad a los universitarios de nuestro tiempo y sobre todo a los que estudian en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y de Europa.

¿Por qué? ¿Por qué Saramago, que tanto nos ha legado, nos deja también una extraordinaria lección de humildad? La razón es sencilla. Saramago escribió libros perdurables, como Memorial de Convento o Ensayo sobre la Ceguera, obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1998, que es el máximo galardón presente al que puede aspirar un intelectual, y digo “presente”, pues los premios del mañana todavía los desconocemos, y el mayor reconocimiento futuro es la memoria y el ser leído aún después de muerto. Saramago, en definitiva, se convirtió en sinónimo de intelectual, de persona dedicada a pensar y a crear, y a examinar el mundo a la luz de las ideas.

Y la pregunta que planteo es la siguiente: ¿dónde aprendió Saramago todo su arte, toda su técnica literaria, todas sus ideas? ¿Acaso se matriculó en Harvard, o en MIT, o en Oxford, o en Cambridge, o en Stanford? ¿Acaso hizo un master o un doctorado? ¿Acaso fue profesor, o profesor visitante, o profesor honorario en alguna de estas famosas instituciones?

Y la respuesta a todos estos interrogantes es negativa. Saramago no fue nunca a la universidad. Es más: ni siquiera pisó un instituto. Al venir de una familia humilde de campesinos se vio obligado a dejar el colegio a una edad muy temprana, aunque había demostrado ser un buen estudiante. El sistema no le ofreció las oportunidades que merecía, pero él mismo forjó su trayectoria, una trayectoria que le llevaría al pedestal de la intelectualidad de nuestro tiempo.

Saramago trabajó como mecánico, como periodista y como traductor antes de dedicarse finalmente, y a una edad avanzada, a la literatura. Nunca olvidó, como recordó en el discurso de aceptación del premio Nobel, que la persona más sabia que había conocido, su abuelo, nunca supo leer ni escribir.

Saramago es el ejemplo de que debemos sobreponernos a las convenciones de nuestro tiempo, y no juzgar a las personas en base a sus títulos académicos, a sus masters y a sus doctorados, a las universidades de prestigio a las que han ido o a su agenda de amistades, sino contemplarlas a la luz de lo que hacen y de lo que sienten, y sobre todo de esto último, porque los sentimientos, a diferencia de los títulos universitarios, son universales, y vinculan por igual al pobre campesino iletrado que, sin embargo, lleva en sí el germen del futuro Nobel, que a quienes, saturados en la autocomplacencia de sus tarjetas de visita, no tienen ilusión por la vida, por cambiar el mundo o por crear algo que perdure, sino que prefieren recrearse en lo ya logrado, que muchas veces no es mérito exclusivo suyo, sino que también puede responder a la suerte, sí, a la suerte de haber nacido en este tiempo o en este lugar, con más oportunidades que cuando vino al mundo Saramago.

No hay nada de malo en ir a las mejores universidades, y en aspirar a la excelencia. No hay nada de malo si ello no conduce a la soberbia y a la insolidaridad, y a olvidar que tiene mayor mérito quien, como el autodidacta de Sartre, ha aprendido por su cuenta y, sin disponer de las facilidades de la enseñanza oficial, ha sido capaz, como Saramago, de alcanzar un grado de sabiduría que difícilmente se hubiera conseguido en las aulas de las grandes universidades.

Frente a la soberbia del elitismo académico brilla el testimonio de los que han aprendido del mundo, de la vida y sobre todo de los demás, sin regocijarse en las vanidades del prestigio y del reconocimiento, sino buscando la verdadera excelencia, que es la que brota del impulso sincero por legar algo bello al mañana y por iluminar, con la fuerza de las ideas, un presente quizás lóbrego, pero que con figuras como Saramago ha resultado más dulce, más llevadero, y más digno de ser vivido.

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