La belleza de la interdisciplinariedad

Carlos Blanco es uno de los colaboradores habituales de la sección “En el campus” y a través de sus artículos nos descubre a grandes personalidades académicas o comparte con nosotros sus interesantes reflexiones sobre la vida en Harvard. Carlos es licenciado en Filosofía, Ciencias Químicas y Teología por la Universidad de Navarra y actualmente forma parte como “Visiting Fellow” del Comité de Estudio de la Religión de la Universidad de Harvard. birretes-volando5

La grandeza de una universidad se mide no sólo por el nivel de sus departamentos, facultades y escuelas de manera aislada, sino por el grado de interacción que es capaz de promover entre los distintos campos del conocimiento. Ésta es, al menos, mi opinión.

En el caso de Harvard, he de decir que uno de los mayores activos que posee, y del que he podido disfrutar ampliamente, es el asombroso número de posibilidades que ofrece para que sus estudiantes, sin importar la disciplina en la que estén trabajando, puedan compartir experiencias y desafíos entre sí. Así, por ejemplo, la “Graduate School of Arts and Sciences”, que agrupa a alumnos de grado de campos del saber tan diversos como la física, la economía o la literatura comparada, organiza numerosos eventos sociales en “Dudley House”, situada en una de las esquinas de Harvard Yard, brindando la oportunidad para que personas de muy diferentes bagajes e intereses lleguen a conocerse e intercambien impresiones sobre lo que están haciendo.

Cuando le preguntaron al genial científico y activista Linus Pauling, ganador de dos premios Nobel (el de Química en 1954 y el de la Paz en 1962), y a punto de obtener un tercero (de no ser por Watson y Crick y su contribución a la dilucidación de la estructura de la doble hélice del ADN), cómo explicaba que se le ocurrieran tantas y tan diversas ideas (en la práctica totalidad de las ramas de la química), su respuesta es que intentaba pensar en el mayor número de hipótesis, “acumulando”, por así decirlo, cuantas sugerencias pudiesen presentarse ante él, y sin importar de dónde procediesen. De tantas hipótesis, al fin y al cabo, alguna tendría que ser la correcta.

Esforzarse por potenciar el intercambio entre las ramas del saber humano muestra, por un lado, la unidad y convergencia del conocimiento (porque las ciencias estudian parcelas de una misma realidad) y, por otro, la recíproca necesidad que existe entre las múltiples disciplinas. Podrá parecer extraño, sin duda, que un historiador o que un filólogo tengan algo que aportar a un físico, o viceversa, pero la realidad es que el puro intercambio intelectual, el hecho mismo de que quienes estudian esas materias dialoguen entre sí y se vean forzados a transmitir a personas que carecen de su formación una explicación inteligible del valor de su trabajo es, en sí mismo, un instrumento extraordinario para estimular la creatividad intelectual y la imaginación, esenciales en todas las esferas de conocimiento humano.

Las universidades deberían promover, dentro de sus posibilidades, la interdisciplinariedad, es decir, el diálogo entre todas las disciplinas que conforman el conocimiento humano para que, lejos de caer en un siempre nocivo eclecticismo, cada rama del saber aprenda a definirse a sí misma, y sea consciente de que nunca puede erigirse en un escenario absoluto o exclusivo dentro del universo de las ciencias, porque comparte eslpacio con muchos otros campos cuyo discurso también debe ser tenido en cuenta a la hora de reflexionar sobre el mundo, la historia o el ser humano. Sólo así, sólo mediante el ejercicio de la interdisciplinariedad, puede dejarse a un lado la estrechez de miras y ceder el testigo a la humildad y a la fascinación por la belleza del conocimiento.

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