Carlos Blanco es uno de los colaboradores habituales de la sección “En el campus” y a través de sus artículos nos descubre a grandes personalidades académicas o comparte con nosotros sus interesantes reflexiones sobre la vida en Harvard. Carlos es licenciado en Filosofía, Ciencias Químicas y Teología por la Universidad de Navarra y actualmente forma parte como “Visiting Fellow” del Comité de Estudio de la Religión de la Universidad de Harvard.
Si hay alguien que, en nuestros días, constituye el epítome por excelencia de lo que es un “intelectual”, creo no errar si digo que ése es Noam Chomsky.
Chomsky nació en 1928 en Filadelfia, y estudió en la Universidad de Pennsylvania, donde se doctoró en lingüística. En 1955 se incorporó al MIT, y desde entonces ha enseñado interrumpidamente en esta institución académica sita en Cambridge, alcanzado en 1976 la categoría de “Institute Professor”, reservado a los docentes que han efectuado contribuciones de primer orden al conocimiento.
Chomsky ha revolucionado la lingüística. Nadie discute que trabajos como Syntactic Structures (1957) o su famosa reseña del libro de Skinner Verbal Behavior (1959) han hecho que miremos de forma distinta al lenguaje. Chomsky está considerado el padre de la gramática generativa, esencial en el estudio de la sintaxis, diseñada como una herramienta teórica que permitiría predecir de manera correcta qué frases son gramáticamente consistentes o no. A él le debemos, también, la “jerarquía de Chomsky”, que clasifica los lenguajes en base a su poder generativo. Para Chomsky, el lenguaje no es la respuesta a un estímulo, sino que aprendemos un determinado lenguaje porque disponemos de unas estructuras innatas que nos capacitan para ello. El auge de las ciencias cognitivas sería impensable sin la labor de Chomsky.
Además de ser uno de los lingüistas más destacados del siglo XX, Chomsky se ha convertido en el que probablemente sea el analista más célebre de la política internacional contemporánea y de los mecanismos de poder y de propaganda que actúan en nuestro mundo. Ya desde su oposición a la guerra de Vietnam en los años ’60, pasando por su estudio del papel de los Estados Unidos en Timor Oriental, en Latinoamérica, en el conflicto entre israelíes y palestinos o, más recientemente, en Irak, ha escrito multitud de obras de temática política (como Hegemony or Survival, de 2003) en las que denuncia lo que él denomina “la gran estrategia imperial” de su país.
No es de extrañar que, dada la amplitud y la influencia de sus intereses, Chomsky haya encabezado en numerosas ocasiones la lista del “Arts and Humanities Citation Index” de los intelectuales vivos más citados.
Una de las experiencias inolvidables que he tenido en Cambridge ha sido la posibilidad de entrevistarme, en dos ocasiones (noviembre de 2009 y febrero de 2010), con el profesor Chomsky. Conversar con uno de los titanes del conocimiento y del compromiso intelectual en la construcción de un mundo más justo es un privilegio único, y pienso que una de las principales satisfacciones que se pueden tener en esta vida.
Lo que más me sorprendió, y casi emocionó, de Chomsky fue su humildad. Chomsky es una persona permanentemente dispuesta a aprender de todo y de todos. Escucha, y cuando habla, sus frases son claras, y dicen siempre algo sustancial. No pierde la ocasión para apuntar títulos de libros que no ha leído, o para pedir recomendaciones sobre temáticas que no son de su especialidad, o para preguntar por el trabajo que su interlocutor está realizando. Su sencillez, su cercanía, sus exquisitos modales…la sabiduría y sensatez que se desprenden de sus palabras… son rasgos que impresionan a quienes lo visitan. El simple hecho de que alguien como Chomsky reciba a personas a las que no ha conocido antes, y que simplemente le han expresado su deseo de intercambiar con él ideas sobre ciertos aspectos del conocimiento, es ya un signo de su grandeza moral, tanto o mayor que de su grandeza científica.
Chomsky es un verdadero ejemplo para la humanidad. Su inteligencia, su pasión por el trabajo científico, su compromiso inquebrantable con la denuncia de las injusticias en este mundo, su papel de voz de los que no tienen voz, su humildad, su temple y su fuerza prometeica para proseguir en aquellos empeños que han definido su vida, iluminan hoy y seguirán iluminando a multitud de generaciones que buscan referentes y fuentes de inspiración para cómo forjar sus trayectorias vitales.

