La grandeza del saber reside en que nos permite conocer no sólo el mundo que nos rodea, sino también a nosotros mismos. Ésta es la tarea de las humanidades: entender no únicamente la naturaleza, sino tratar de entender al ser humano.
Las humanidades son con frecuencia objeto de un desdén injusto. Se les acusa de servir para poco, de acaparar recursos intelectuales y económicos que podrían ser utilizados para cosas más útiles, y de desviar la atención respecto de lo que de verdad interesa a un país.
Creo, sin embargo, que estos juicios, más extendidos de lo que parece, están profundamente errados. El que un país pueda albergar una comunidad académica lo suficientemente diversa y amplia como para cultivar el mayor número posible de disciplinas humanísticas es un signo claro y casi irrefutable de su progreso social y económico.
Miremos a los Estados Unidos y a sus universidades más distinguidas. Harvard, por ejemplo, posee departamentos que cubren la práctica totalidad de las humanidades: literatura, historia, filosofía, religión y teología, civilizaciones antiguas… No escatima en recursos para sus bibliotecas de humanidades, y se siente orgullosa de contar con ilustres cultivadores de estas disciplinas, tanto o más que de sus científicos y técnicos. Y si existe algún campo en el que, sea por cualquier razón, no dispone de una tradición docente consolidada, no tiene problema alguno en atraer a alguien que pueda impartir asignaturas relacionadas con esa materia y que pueda crear un equipo de investigación. Así, por ejemplo, Harvard ha contratado a un egiptólogo que empezará a dar clases en septiembre de 2010, aunque la cátedra de egiptología había estado vacante desde la muerte de George Reisner en 1942.
Las humanidades constituyen una herramienta extraordinaria para edificar una sociedad más libre, autónoma y crítica. Es cierto que una parte importante de los avances que han hecho que nuestra vida sea más fácil y placentera se los debemos a las ciencias de la naturaleza, pero no podemos olvidar que las humanidades han desempeñado un papel fundamental en la gestación de grandes hitos de la edad contemporánea como la democracia, la universalización de la educación o el diálogo entre las culturas y las religiones.
Necesitamos las humanidades tanto como las ciencias. Las ciencias se afanan por explicar el funcionamiento del mundo, pero las humanidades estudian lo que el mundo ha significado y todavía significa para nosotros. Aspiran, en definitiva, a comprender las esferas de la vida humana, allanando (no siempre, por desgracia) el camino para construir un mundo más humano.
Tengo la profunda convicción de que uno de nuestros mayores tesoros es contar con hombres y mujeres que dediquen su trayectoria profesional a estudiar nuestro pasado, nuestras lenguas, nuestra literatura, nuestra filosofía… La aplicación práctica es inmediata: pensar lo humano es ejercer nuestra humanidad y, como dijera Terencio, “humano soy, y nada humano me es ajeno”.

