5 de noviembre de 2009, 8 de la mañana. Llego al aeropuerto de Paris Orly con una mochila nada común: repelente anti-insectos, pastillas contra la malaria, ropa ligera pero resistente a los trotes, botas de montaña… Eso y unos curiosos tanques herméticos de plástico que Pierre-Michel Forget (mi director de proyecto) ha traído directamente en un taxi por ser demasiado engorrosos. Un equipaje de lo más peculiar teniendo en cuenta que, en ese momento, en París hacía menos de 5 grados centígrados y que los mosquitos eran tan sólo un tenue recuerdo del verano. Casi no terminaba de creérmelo pero, después de dos meses de preparativos intensivos y muchos más de búsqueda de financianción, por fin mi aventura selvática comezaba. El sueño de estudiar la selva amazónica y vivir en ella, que no sólo representa un reto científico para mi carrera como ecóloga, sino también un deseo cultivado desde niña, empezaba a hacerse realidad.
Paris Orly, 6 de diciembre de 2009, 7 de la mañana. Un mes más tarde, regreso a casa agotada por las largas horas de marcha, con el cuerpo maltrecho de picaduras (incluyendo un pequeño gusano que aun hoy crece bajo la piel de mi pierna) y abrumada por la larga lista de cosas “por aprender” que había descubierto en la Guayana francesa. Además, la temperatura exterior es de 0ºC, una dura realidad después de llevar un mes disfrutando de la tibieza tropical. A pesar de todos estos pequeños contratiempos, me siento absolutamente fascinada después de haber vivido una de las experiencias más interesantes y emocionantes de mi vida.
Pero, os explico poco a poco…
Experiencia científica
Supongo que la gran pregunta que os plantearéis es “¿qué es lo que ha ido a hacer a la selva?” Para explicarlo de forma comprensible para todos, mi trabajo durante este mes ha consistido en una toma de contacto con los bosques tropicales en los que planeo trabajar durante los próximos dos años. Esta primera experiencia me ha permitido tener una visión bastante amplia de los distintos tipos de selva amazónica que podemos encontrar en la Guayana francesa (en la que el hombre ha cazado o cortado árboles con distintas intensidades), familiarizarme con muchas especies de árboles y animales, y aprender diversas técnicas de trabajo de campo (que son muy distintas a las que había aprendido durante mi tesis doctoral). Durante la primera semana de mi estancia, ayudé a un equipo de 17 personas encargado del censo de todos los árboles que crecían en 7 hectáreas de terreno. Teniendo en cuenta que esto es la superficie equivalente a 9 campos de fútbol y que en los bosques tropicales hay mucha densidad de árboles, pues la verdad que el trabajo que hicimos no está nada mal. Para poder saber de qué especie se trataba cada árbol, un equipo de botánicos utilizaba como herramientas de trabajo “altamente sofisticadas” un machete y unos prismáticos. Sólamente con el color del látex que salía al cortar el tronco, la forma y disposición de las hojas, y muchos años de experiencia, pudieron determinar el 75% de los individuos. Para el 25% restante, los árboles que los botánicos no conocían, era necesario coger un trozo de rama y luego, con la ayuda del herbario, tratar de averiguar la especie. Aunque parezca que cortar un trozo de rama es algo sencillo, en realidad, llegar a 40 m de altura de un árbol lleno de lianas no es tarea fácil. La única forma consistía en escalar con la ayuda de cuerdas hasta la copa del árbol y esto sólo lo podía hacer un equipo de escaladores profesionales. Otra posibilidad para los árboles más pequeñitos era subir unos cuantos metros con la ayuda de unos ganchos atados a los pies y, una vez arriba, utilizar una tijera telescópica de 6 metros de longitud y cortar un trocito de rama. En mi caso, como me faltan años de experiencia en botánica tropical y tampoco he recibido ningún entrenamiento para escalar árboles (aunque, como veréis en la foto, un día subí a la copa de uno, pero más como disfrute que como trabajo real), mis tareas no fueron muy complicadas e hice un poco de “chica para todo”: cartografiar árboles, preparar herbarios, tomar distintas medidas de las hojas, mejorar y diseñar la base de datos… Nada demasiado difícil pero sí bastante agotador, teniendo en cuenta que las jornadas comenzaban a las 6 de la mañana y terminaban… ¡a las 10 de la noche!
Experiencia naturalista
Después del trabajo de censo de los árboles, el equipo multitudinario dejó la estación biológica de Nouragues y Pierre-Michel Forget, Olivier Boissier (doctorando y compañero de equipo) y yo empezamos un trabajo un poco más tranquilo pero no por ello menos interesante: la exploración de nuevas zonas de estudio, tanto en la región de Nouragues, como en los bosques cercanos al litoral. Simulando a los naturalistas clásicos, pero utilizando nuevas tecnologías como el GPS, recorrimos nuevas zonas que nos interesaban por presentar distintos niveles de caza (Rataille, montañas de Kaw, Reserva de Trésor, Grand Matoury, Pista St Élie y Paracou). Durante este periplo anduvimos horas y horas, a veces incluso fuera de los senderos y abriendo camino con el machete, y apuntamos los tipos de plantas y animales que veíamos a nuestro alrededor, intentando determinar si en esos sitios podríamos llevar a cabo experimentos o protocolos de muestreo en el futuro. Pero no contentos sólo con eso, hicimos también algunos muestreos de fauna. Esto consistió básicamente en dar largos paseos al amanecer (y en la selva amanece a las 6, ¡con lo que nos teníamos que levantar a las 5!) siguiendo un camino establecido e ir observando todos los animales que se cruzaban por nuestro camino: monos araña, monos aulladores, tucanes, agamíes, colibríes, agutíes… una larga lista de aves, primates y roedores que resulta crucial para comprender la dispersión de semillas. ¡Fue apasionante!
Experiencia vital
Vivir una temporada en la selva es una experiencia única y altamente recomendable, sobre todo si te gusta el contacto con la naturaleza. La estación biológica de Nouragues está aislada en mitad de la selva y sólo se puede acceder a ella en helicóptero o en piragua. Nosotros, por ser mucho más rápido y cómodo, escogimos el helicóptero, lo que supuso mi bautizo en este medio de transporte. La vista a vuelo de pájaro de la Guayana francesa es impresionante: un mar lleno de verde, con algunos huecos marrones bastante llamativos y tristes provocados por las minas de oro ilegales. Una vez que el helicóptero aterrizó, el paisaje de la estación parecía sacado de un sueño: unas cuantas cabañas construidas con madera y con el techo de plástico y un follaje exuberante alrededor, con el Inselberg a lo lejos, a modo de isla marrón en medio del océano verde.
Vivir en una estación biológica es en sí mismo también una experiencia de lo más peculiar. Hay otros investigadores como tú que hacen cosas parecidas a las tuyas y, aunque en la vida normal estas personas son bastante raras y dispersas, en una estación biológica los frikies de la naturaleza coexisten todos juntos, interaccionan entre sí y comparten ideas y pasiones. Esto crea una dinámica muy divertida e interesante, una especie de gran campamento de verano en el que se trabaja un montón, pero en el que también se montan algunas fiestas que han llegado a ser históricas y en el que las risas son la moneda corriente. Además, cada día se prepara la comida y se limpian los platos por parejas que van rotando, lo que ayuda a la cordialidad de la convivencia. Lo único que quizá es menos divertido es que toda la comida de la estación viene del exterior y en helicóptero, y la diversidad de alimentos no es muy variada: latas de conserva para las comidas al mediodía, carne congelada para la cena. Menos mal que todos tenemos tantas ganas de comer bien que por la noche, ¡nunca el pollo congelado y las salsas en bote han dado tanto de sí! Cada pareja cocinó verdaderas delicias selváticas, además de especialidades de distintas nacionalidades.
Vivir en la selva significa también fundirte irremediablemente con ella, de manera que en un momento dado tú también eres selva, te conviertes en un elemento más del ecosistema. Y esto implica muchos cambios mentales e incluso físicos como, por ejemplo, el olor. En la selva uno huele fatal, digamos a una mezcla de humedad y sudor bastante fuerte, un tufillo único. A pesar de ser muy cuidadosa con la higiene era inevitable: salía de la ducha con ropa limpia y cinco minutos más tarde volvía a oler igual, al olor a selva que lo llenaba todo. Y luego, también hace un calor horriblemente sofocante y el cuerpo pica por todos sitios, porque hay una diversidad enorme de insectos que se alimenta de él. Pero no sólo es sentir la selva con los cincos sentidos, es también cambiar el orden de prioridades: “¿dónde está el norte?” o “¿será eso una serpiente?” no son preguntas que nos hagamos muy a menudo en nuestra vida urbanita, pero sí cuando de ellas depende encontrar el buen camino que te lleva al campamento o estar alerta de no pisar ningún reptil venenoso.
Pero, a pesar de que a veces puedan resultar duras las incomodidades, es simplemente maravilloso ver todo verde a tu alrededor, respirar el aire más puro del mundo, despertarte con el grito de los monos aulladores, bañarte en una cascada de aguas prístinas, desayunar viendo al gallito de roca comiendo frutos de palmera y tener un cielo cuajado de estrellas como pantalla de televisión cada noche antes de dormir.



No sabes lo feliz que me haces.
Tu marido,
Y, por mi parte, no sabes lo feliz que que hace pensarte bajo un cielo “cuajado de estrellas”.
Un beso, y bonito relato. A ver si un día vemos juntas este cielo maravilloso.
Una experiencia preciosa, salvo para uno. Yo. Gusiluz, tu gusanito. Por favor, devuélveme a mi casa ya… estoy secuestrado…grito pero nadie parece oírme… Si alguien lee este correo que avise a la Policía Local de Mariví. Déjame libre!!!! Colonizadora!!! Invasora!!! Cuando salga de esta voy a llamar a unos colegas y te vamos a dar una paliza de la muerte… ;))
La verdad es que no he leído todavía el relato, pero me impresionan las fotos, no se si más por su belleza o más por ver tu cara divertida, allí, enganchada a un cable a dios sabe cuantos metros de vacío.
Tenemos un día que ir juntos de excursión. Me lo has medio prometido.
¿Es una locura desear vivir en un sitio así siendo “de ciudad” y sin conocimientos avanzados sobre ese territorio o es un sueño por cumplir? Me lo pregunto todos los días. La verdad, tu último párrafo resume lo que para mí sería PERFECTO. Ojalá algún día pueda tener la suerte que tienes.
Gracias por abrirme los ojos y ver que es posible