Junto al río Charles, por Carlos Blanco

Universidad de HarvardLa naturaleza nos tiene acostumbrados a brindarnos estampas que no se borran fácilmente de la memoria. Y creo que una de ellas es el río Charles a su paso por Cambridge, y especialmente cuando se aproxima a la Business School de la Universidad de Harvard.

El río Charles se encuentra ahora cubierto de nieve, consecuencia del frío invierno de Nueva Inglaterra y en particular de Boston. Pero cuando se halla en plena efervescencia, sus aguas son de un azul intenso que impacta la primera vez que se contemplan. El río parece perfectamente integrado con el estilo arquitectónico de las casas de Harvard que, como Dunster, Lowell o Eliot, se alzan majestuosas con sus impresionantes cúpulas de diversos colores (roja, azul y verde, respectivamente), a un lado del río, mirando de frente a la Business School. Numerosos puentes cruzan el río Charles.

Es el río Charles a su paso por Harvard, más aun incluso que la torre de Memorial Church, o la biblioteca Widener, o la casa donde vivió el poeta Longfellow, el escenario que más me enamoró de Cambridge. Sintetiza lo mejor de Nueva Inglaterra: belleza natural en su máxima expresión, historia y búsqueda de conocimiento.

Pero hay algo que me fascina aun más del río Charles. Siempre que paseo junto a su orilla, me es inevitable pensar en cuántos hombres y mujeres que dedicaron su vida al cultivo de la ciencia y de las artes habrán meditado junto a sus aguas. Estoy seguro de que grandes científicos, escritores, filósofos, teólogos, sociólogos o músicos acudieron al río Charles para pedirle inspiración. Tras una tarde de trabajo concentrado o de lectura atenta, pocas cosas son tan relajantes como pasear junto al río Charles, solo o acompañado. Todo respira serenidad, una especie de paz que invita a la reflexión y a la poesía. Me imagino a T.S. Eliot componiendo mentalmente un poema, o a Ralph Waldo Emerson intentando encontrar el espíritu que sirviera de guía a una nueva nación.

Los primeros europeos que llegaron a esta región del Nuevo Mundo tuvieron que sentirse maravillados ante semejante despliegue de dones de la naturaleza. Pero quisieron complementar lo que la naturaleza nos ofrece con algo que el ser humano siempre ha buscado: el conocimiento. La actual localidad de Cambridge fue llamada así en honor de la famosa universidad homónima de Inglaterra.

El paisaje que rodea al río Charles a su paso por Harvard parece una competencia entre la naturaleza y el ser humano para ver quién logra el mayor grado de belleza. El arte lo atribuimos a las creaciones humanas, pero no estaba desencaminado Voltaire cuando escribió “On m’appelle nature, et je suis tout art” (también la naturaleza es arte).

La pureza del paisaje impresiona. Qué colores más vivos. Y a lo lejos, en el horizonte, Boston. Es cierto que no todos los edificios son igualmente agradables a los sentidos, aunque las percepciones estéticas tienen mucho de subjetivo. No es que sobre gustos no haya nada escrito (hay, de hecho, mucho), sino que sobre gustos no se puede sentenciar.

En cualquier caso, para mí la estampa del río Charles a su paso por Harvard, sea en el polícromo otoño de Nueva Inglaterra o con la nieve inagotable del invierno, constituye una de las imágenes más extraordinarias que jamás he visto.

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