Como ya era habitual en casi todos los viajes programados hacia Manchester, nada parecía indicar que el día sería tranquilo o anodino en una de las ciudades más excitantes del mundo. Salida temprano del aeropuerto de Faro hacia tierras inglesas el 18 de diciembre de 2009 para llegar in extremis a la ceremonia de graduación del alumnado de Máster y Doctorado de MBS en la Universidad de Manchester, Inglaterra.
Con el doble de dinero que de equipaje, como recomiendan los viajeros experimentados, no hizo falta esperar maletas en el aeropuerto de destino, lo que ayudó a atrapar en otro “vuelo” el doubledecker bus 43, camino de Manchester Piccadilly Gardens. Tras instalarme en el Hotel Ibis en Pórtland Street, perpendicular a Princess St., una de las más bellas calles de la Inglaterra victoriana y cerca del modernizado Manchester Art Gallery, salí disparado para Oxford Road hacia la Universidad.
Por la majestuosa entrada del Manchester Museum, allá donde el prehistórico Lindow Man fue varias veces expuesto y donde se contemplan modelos a escala real de dinosaurios como el T-Rex o especies vivas de ranas venenosas, pululaban ya decenas de compañeros ataviados a lo “Harry Potter” con birretes, cintas de colores y togas con gorros que bailaban a ritmo de vientos lluviosos, como no iba a ser menos en el English weather. En la entrada, unos de seguridad me remitieron al Visitors Centre, un edificio redondo, acristalado, de reciente construcción y en cuya segunda planta unas ancianitas – en Inglaterra son aún trabajadoras y desconocen la mesa de camilla - me habilitaron con el atuendo ceremonial por 50 libras de alquiler tras comprobación de mi late booking.
De esa guisa regresé al lugar del encuentro, en el impresionante Whitworth Hall que contaba con doble acceso para alumnado e invitados. Siete guías parecían armonizarse con éxito con el inmenso órgano del salón para ubicar exactamente a todos en sus sillas en un ambiente festivo, controlado, ausente de voces. Una suerte anunciada me colocó en primera fila pese a mi retraso y tras sentarme pude disfrutar del repujado de paredes y columnas, la esmerada puesta en escena de los participantes y el material informativo dispuesto en cada silla. Mis reflexiones fueron interrumpidas por una de las guías, The Mace, que instó a la primera fila a que nos levantáramos tras su señal, cuando cesara la música del órgano, con el fin de crear efecto bola de nieve con el resto de la sala, The Congregation, unos 300, calculé yo.
La hora de inicio fue respetada milimétricamente, 4:45 p.m., lo que por supuesto aproveché para poner mi reloj en hora, y tras levantar a la sala de un golpe, las autoridades del MBS surgieron en procesión hacia el altar, todos ellos luciendo sus coloridas togas según facultad y universidad de origen. Directores, miembros académicos y administrativos, secretarios, presidente y el portador institucional solemnemente llegaron al altar y se ubicaron en sus asientos. El presidente de la ceremonia, Chancellor Mr. Tom Bloxham y, posteriormente, el Director de la MBS, Professor Mike Luger, dirigieron sendas palabras a la audiencia agradeciendo el esfuerzo estudiantil por el éxito logrado y alabando la importancia de la formación de excelencia universitaria.
La ceremonia consistió en llamar a cada postgraduado, tarea que desempeñó el Professor Peter Naude bajo supervisión de la Secretaria de Registros, Dr. Heather Spiro, a que, birrete en mano izquierda, subiera las escaleras de la izquierda, saludara al director de la ceremonia con un apretón de manos y descendiera por las escaleras centrales para recibir el diploma de alguien de administración y luego volver a sentarse. Los aplausos se sucedían a cada nombre con algún grito esporádico de júbilo, a lo americano, pero sin desconcentrar a nadie, ni siquiera al Professor Naude, que se afanaba en mencionar la plétora de nombres raros de origen chino y africano. Tras la última mención, la dirección del evento recorrió el pasillo del hall seguido de todo el séquito institucional y los recién titulados a ritmo de música sacra. La congregación de los postgraduados con sus familiares fue rubricada con multitud de fotos y saludos a la salida del hall.
Finalmente, fuimos invitados a una cena-buffet en el MBS, donde degusté nuevamente los habituales sándwiches y empanadillas inspirados en la gastronomía hindú, esos que no sabe uno muy bien qué come hasta que se atreve a probarlos. De todas formas, y cuando trataba de averiguar el origen del picor en mi boca tras la última ingesta, reflexioné sobre lo distinto que se celebran los títulos en cada país y lo paradójico del nuestro, en el que es el propio estudiante postgraduado el que se ve “animado” a invitar a comer al ya nutrido tribunal doctoral so pena de mermar más aún su maltrecha economía, pues el menú español dista mucho de tener las raíces asiáticas o la parquedad británica.
La programación de mi vuelo me permitió disfrutar de un día entero en Manchester, que en Navidad se engalana magistralmente y se disfruta de numerosas exposiciones y puestos temporales de curiosos contenidos. Pese a la nieve que caía sinuosamente y el frío extremo, la gente no dejaba de salir, beber y comer en pubs y divertirse hasta la madrugada. Entre otros y como de costumbre, compré en Primark, en The Works, en el ALDI, en Home-Bargains, y degusté una Boddingtons pint junto a la niña fantasma que ronda el interior del Shakespeare Pub. Brindé por tres años de trabajo y estudio intensos y, sobre todo, por un primer año de estancia en Manchester posible gracias a la Beca de la Fundación Caja Madrid, sin la cual no podría haber iniciado esta experiencia tan inolvidable.

