Ester Gaya, becaria de la Fundación Caja Madrid en la Universidad de Duke (Estados Unidos), nos cuenta sus primeras impresiones y vivencias en Carolina del Norte.
En la ceremonia de entrega de becas de la Fundación el pasado mayo, percibí que la mayoría de becados que se dirigían a los Estados Unidos había optado por renombradas universidades del norte del país o la costa oeste. Entonces me entró un pequeño escalofrío. ¿Habría escogido mal mi destino? La Universidad de Duke está considerada entre las 10 mejores universidades del país, pero se encuentra en el sur, en Carolina del Norte, en el llamado bible belt y la deep America.
Mis miedos se disiparon inmediatamente al llegar a Duke. Y es que definitivamente el clima afecta al carácter. La gente es increíblemente cálida y amable. Me hace gracia que la cajera del supermercado muestre tanto interés en saber como me encuentro hoy y se dirija a mi con el típico sweetie. Eso sí, no hay que tener prisa; las cosas con calma; estamos en el sur.
Duke es una universidad privada con una peculiar historia. Ubicada en la localidad de Durham, Carolina del Norte, fue fundada por metodistas y cuákeros en la actual ciudad de Trinity en 1838. La escuela se trasladó definitivamente a Durham en 1892, y en 1924, el industrial tabacalero y filántropo James Buchanan Duke creó una fundación privada (The Duke Endowment) que, entre otras cosas, apoyó a la universidad y propició el cambio de nombre de la institución en memoria a su padre Washington Duke. Es irónico, en un país donde las leyes antitabaco son tan duras, descubrir que la estatua que preside la entrada del campus es la del mismísimo señor Duke sentado en una confortable butaca con un gran puro entre los dedos.
Cuentan las malas lenguas que el magnate del tabaco quiso comprar una de las universidades de élite del norte y trasladarla piedra a piedra a su Durham natal. Los yanquis se rieron del sureño, quien decidió construir su propia universidad según dicen al estilo de Princeton, con una arquitectura gótica y una capilla monumental. La verdad es que no escatimó en recursos. El campus es realmente espectacular, especialmente en este maravilloso y largo otoño que hemos tenido. Sus 8.610 acres (35 km2) se encuentran poblados de una mezcla de robles centenarios de distintas especies, pacanas y liquidámbares, entre otros. Es realmente un lujo empezar el día pedaleando bajo la sombra de esa miríada de hojas multicolores. Esta mezcla exótica para nosotros se debe a que nos encontramos en una región limítrofe a un clima temperado por el norte y otro subtropical por el sur, así que la mezcla resulta una explosión de especies que raramente encontraríamos conviviendo. Recomiendo pasear por los Sara Duke Garden’s situados cerca de la capilla de la Universidad.
En lo que se refiere a investigación y a biología, la disciplina en la que yo trabajo, me encuentro en el paraíso. Hay que destacar que en los rankings de programas de doctorado de la U.S. News & World Report en su edición de 2008, Duke quedó quinta en ecología y biología evolutiva (mi especialidad). Contamos con eminencias del calibre del Dr. Mohamed Noor, un hombre con unas calidades humanas y científicas incomparables, ganador de la 2008 Darwin-Wallace Medal, ¡concedida por la Linnean Society of London cada 50 años! El Departamento de Biología combina dos programas en botánica y zoología históricamente fuertes con filósofos como Robert Brandon y Alexander Rosenberg, ganador del Premio Lakatos, que han convertido Duke en un centro líder en la filosofía de la biología. No doy abasto a la cantidad de seminarios y grupos de discusión que se organizan cada semana, me he tenido que organizar un calendario especial. Desde que llegué la calidad de las conferencias a las que he asistido me ha dejado boquiabierta.
Además, contamos con un potentísimo Institute for Genome Sciences & Policy que se dedica a la investigación científica interdisciplinaria en ciencias genómicas y política, y cuenta con las últimas tecnologías al alcance de todos.
Con estos antecedentes y el reciente estimulus package de Obama, parece que no hay límites para la investigación. ¡Es un placer trabajar en un laboratorio donde parece que cada día hayan pasado los Reyes Magos! Y como les estará pasando a muchos otros becarios, es toda una experiencia compartir trabajo, ideas y diversión con científicos de todo el mundo, no únicamente norteamericanos. Realmente, a veces me siento como en una convención de las Naciones Unidas.
Una nota para los posdocs, la Oficina de Servicios Posdoctorales de Duke me ha sido realmente útil. Punto de conexión entre asociados posdoctorales, profesores y administración, ofrece un buen menú de servicios, desde seminarios de orientación profesional a lo que aquí llaman career development programs. Regularmente, ofrecen talleres sobre escritura de proyectos y financiación externa (eso nos haría falta en España), así como cursos de herramientas para presentaciones en conferencias y publicaciones.
Pero en Duke no todo es trabajo. Al no pertenecer a la Ivy League, su programa de deportes es realmente importante. Os invito a echarle un vistazo a la página de los Blue Devils y a la fiebre por el básquet universitario. La pasión de sus seguidores llega a límites inimaginables. Los estudiantes son capaces de acampar durante días, llueva, nieve o haga sol, delante de la cancha para conseguir entradas para los partidos más interesantes.
¡Y no todo es Duke! El área de Raleigh-Durham es el centro neurálgico de otras dos universidades de élite (la University of North Carolina Chapel Hill, la universidad pública más antigua del país, y la North Carolina State University). Esa tríada de universidades (“The Triangle”) generaron una de las incubadoras de tecnología más grandes del país, el Research Triangle Park, sede de numerosas compañías high-tech y de investigación aplicada. No es sorprendente que el mayor número de títulos de doctor per capita del país se encuentre en esta zona. ¡Estamos rodeados de gente lista!
Y aun más, también contamos con el NESCent (National Evolutionary Synthesis Center), un esfuerzo colaborativo de esas tres mismas universidades, esponsorizado por la National Science Foundation, que tiene como misión facilitar la investigación sintética sobre cuestiones de biología evolutiva y el desarrollo de herramientas analíticas para entender la evolución. Su programa de informática es excelente. En resumen, parece ser que nos encontramos en la meca de la Biología Evolutiva. Y todo eso, paradójicamente, en una zona tradicionalmente muy conservadora.
Es verdad que si uno sale un poco del área de influencia del “Triangle”, en el Piedmont (zona central de Carolina del Norte), donde se concentra esa población de profesionales internacionales que dan un toque cosmopolita a la región, la realidad es muy distinta. El estado de Carolina del Norte es principalmente agrícola, y las zonas rurales históricamente se dedicaron al cultivo del tabaco y el algodón (la primera fábrica de pantalones vaqueros se asentó aquí). Todavía quedan algunos campos algodoneros esparcidos aquí y allí que dan una imagen muy sureña.
Con la caída de la venta del tabaco y la entrada del algodón asiático en el mercado estadounidense, la región sufrió una fuerte recesión que todavía dura, aunque se está empezando a recuperar con el reemplazo de esos cultivos por la agricultura ecológica. Los resultados se pueden encontrar en el Farmer’s Market de Durham, donde cada sábado los granjeros ofrecen productos locales, de calidad y libres de pesticidas. Cuando desde España me preguntan si como bien, les digo que incluso mejor, producto fresco, local y a precio de dólar.
La zona de Durham, donde yo vivo, tiene un aspecto curioso. El color rojizo del ladrillo lo tiñe todo. Aquí y allá se pueden observar los vestigios de la industria del tabaco. Una chimenea de la Lucky Strike, unos antiguos almacenes, el viejo carrilete que transportaba las hojas desde los campos. El centro de la ciudad está experimentando un proceso de gentrification, y ahora esos antiguos espacios industriales se están transformando en apartamentos, lofts, oficinas, galerías de arte. He tenido la suerte de asirme uno de esos lofts, antiguo almacén de tabaco, con ladrillo visto y techos infinitos. Me siento dentro de una película. Y nunca mejor dicho, para aquellos que algún día se aventuren a venir por estos lares les recomiendo introducirse con la película “Los Búfalos de Durham”, que de hecho son toros (“Durham bulls”), el símbolo de la ciudad y del equipo de béisbol.
Recomendaciones
Qué hacer:
State Fair: si podéis no os perdáis la feria estatal, donde los granjeros de la zona se reúnen para mostrar los mejores productos del año, desde la calabaza más grande a la vaca más lustrosa. Ahí se respira el aire de la auténtica Carolina.
ADF: Durham es la cuna del American Dance Festival. Por el módico precio de 5 dólares (3,4 euros) por ser estudiante de Duke se puede acceder a todas las representaciones.
Duke Performances: igual que el ADF, por ser de Duke las entradas salen por 5 dólares y he podido ver artistas de la talla de Alejandro Escovedo, Gal Costa o Dianne Reeves. Todo a cinco pasos de mi laboratorio.
Canoas: el estado se encuentra poblado de lagos. Son especialmente curiosos los cercanos a la costa, ciénagas de cipreses cubiertos por la barba de monje (Tillandsia) que dan un aspecto fantasmagórico. Lo mejor es recorrerlos en canoa.
Qué comer:
No se puede vivir en el sur y no probar el deep fried. Digamos que no es de lo más sano, pero sí lo más típico de aquí, así que, como dice el refrán, allí donde fueres… Cualquier cosa puede ser rebozada y sumergida en un cazo de aceite hirviendo, desde un pavo a un cheesecake.
Watts grocery, Elmo’s, Q Shack o Alan & Sons te ofrecerán los mejores hushpuppies, fried ocra, North Carolina bbq, blueberry pancakes y grits.
Rue Clair es el sitio para los beignets, un dulce sureño que recuerda a los buñuelos.
Fishmonger’s sirven a diario ostras recién traídas de la costa.
Después de todo esto es mejor no medirse el colesterol.
Y en la próxima, las Smokey mountains, tierra de Apalaches, y los Outer Banks o la costa de los piratas.


¡Qué envidia me das! Espero algún día poder venir y visitar la zona. ¿Cómo andáis de “Terremotos”? ;P
Un abrazo
Vaya chica, realmente interesante. Es increíble lo que uno puede absorber en tres meses cuando está de postdoc!!!
Suerte!!