Las maravillosas bibliotecas de Harvard, por Carlos Blanco

BibliotecaPocas creaciones humanas son capaces de expresar tanto sobre nuestras aspiraciones más profundas como las bibliotecas. El hecho de que a lo largo de los siglos hayamos construido edificios destinados a albergar las fuentes del conocimiento y a servir, en cierto sentido, como un templo de la sabiduría que hemos ido adquiriendo, es un testimonio de que, como escribe Aristóteles al comienzo de su Metafísica: “todos los hombres quieren por naturaleza conocer”.

El mundo antiguo legó bibliotecas legendarias, como la del rey Asurbanipal en Nínive, junto a su palacio, o la Biblioteca de Alejandría, construida por el rey Ptolomeo I Sóter en el siglo III a.C., y que llegó a dar cabida a casi 700.000 volúmenes. Esta biblioteca ha sido reconstruida con el patrocinio de la UNESCO hace pocos años.

La Universidad de Harvard posee un sistema de bibliotecas verdaderamente extraordinario. En Estados Unidos sólo es superado por la Biblioteca del Congreso en Washington D.C. Se calcula que Harvard tiene unos 16 millones de libros en total, distribuidos en decenas de bibliotecas a lo largo del campus. La más notable es, sin duda alguna, la Widener Library.

Harry Elkins Widener (1885-1912) era el retoño de una adinerada familia de Filadelfia, y sintió una gran fascinación por el coleccionismo de libros. Estudió en Harvard, graduándose en 1907, pero falleció a una edad muy temprana, al encontrarse entre los pasajeros del célebre Titanic, que se hundió en el Atlántico norte en 1912 tras rozar un iceberg. A su muerte, la madre de Widener decidió hacer una donación al alma mater de su hijo para construir una biblioteca que llevara su nombre. Esta biblioteca es a día de hoy la biblioteca universitaria más grande del mundo, y ha perpetuado el nombre de Widener para la posteridad. La Widener Library domina el paisaje de Harvard Yard, y está situada enfrente de Memorial Church.

He de reconocer que me sentí cautivado por la Biblioteca Widener desde el primer momento. Sus interminables pasillos repletos de estanterías que acogen millones de volúmenes, sus laberínticas galerías que, al recorrerlas, le sumergen a uno en el más profundo de los silencios, sus majestuosas escaleras de entrada y su impresionante sala de lectura, en la que el filósofo alemán Ernst Bloch (1885-1977) escribió su obra más inmortal “El Principio Esperanza”… Todo en la Widener es grandioso. Pasear por sus galerías y por sus salas es pasear por el “sanctasanctorum” del conocimiento en Harvard, por el más vivo reflejo de lo que una universidad es en realidad: depósito de los conocimientos logrados por las generaciones que nos han antecedido, cultivo del conocimiento por parte de las generaciones presentes, y legado de ese conocimiento a las generaciones venideras para que, en base a él, lo hagan avanzar y lo lleven a un estado de mayor desarrollo.

Otras bibliotecas harvardienses que me han impactado son la Houghton Library, que alberga una importante colección de manuscritos antiguos, y la Andover Theological Library, asociada a la Harvard Divinity School, cuyos fondos en materia de historia de las religiones y teología son, sencillamente, formidables.

Es fácil sentirse desbordado cuando se consulta el catálogo de las bibliotecas de Harvard, el llamado “Hollis”. Prácticamente todo está en él, y de cualquier tema del saber humano. Muchas personas habrán tenido la experiencia de que, sin importar su campo específico de investigación, casi todo, por no decir todo, lo que buscaban (libros, artículos…) se encontraba en el “Hollis Catalog”. Semejante caudal de fuentes ayuda, ciertamente, pero también puede desorientar. Aquí reside la responsabilidad de cada uno: la biblioteca es un medio, pero el fin (cómo y para qué usarla) lo ponemos nosotros.

El gran reto de una sociedad que acumula tanto conocimiento es organizarlo de tal manera que sirva para mejorar nuestras vidas presentes y para garantizar que el día de mañana sigamos sabiendo, y que sepamos más. Y lugares como la Widener Library de la Universidad de Harvard no sólo contribuyen a ello, sino que también nos hacen soñar con aquella biblioteca infinita que imaginara Jorge Luis Borges.

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