El viajero que llega a Nueva York no respira hondo hasta alcanzar Central Park. El pulmón de la Gran Manzana es un oasis en medio de un desierto urbanístico, como un escenario atemporal de alguna película de Woody Allen.
Por la mañana es un hormiguero de neoyorquinos que acuden a él como al gimnasio de su casa, con uniforme Nike y iPod último modelo. A partir de media tarde su color verde tornasol atrae a parejitas buscando intimidad y a ancianos buscando compañía. Rodeado de rascacielos grises y silenciosos, los pensamientos del transeúnte se alternan entre interrogantes y puntos suspensivos, y el atardecer nostálgico es el motor del bolígrafo nómada que no entiende ni de parques ni de pulmones. Escucha el pseudo-silencio de la urbe incansable, deja la mirada perdida en el horizonte verde y gris, y le parece que está entendiendo algo que puede definir. ¿A sí mismo? Quizás.

